jueves, 10 de marzo de 2011

Fragmentos de las Doce Tradiciones.


TRADICION PRIMERA
“Nuestro Bienestar Común Debe Tener La Preferencia; El Restablecimiento Personal Depende de la Unión de los A.A.”
“La magnifica unión entre los Alcoholicos Anónimos es la cualidad mas apreciable que tiene nuestra sociedad. Nuestras vidas, lo mismo que las de los que nos sucederán, dependen firmemente de ella. Sin la unión cesaría de latir  el gran corazón de los A.A. nuestras arterias mundiales dejarían de conducir la salvadora gracia de Dios, la dadiva que El nos dio se desperdiciaría sin ningún provecho. De regreso en sus antros, los alcoholicos nos lo echarían en cara y dirían: “! Que gran cosa que hubieran podido ser los A.A.”!
“? Quiere eso decir”, preguntaran algunos ansiosamente, “¿que en los A.A. el individuo carece casi de importancia? ¿Ha de ser dominado por su grupo y absorbido por el?”
A tal pregunta le podemos contestar con un rotundo “¡No! “ Creemos que no existe en el mundo otra sociedad que tenga tan ferviente interés por cada uno de sus miembros; estamos seguros de que ninguna otra defiende tan celosamente el derecho de cada individuo de pensar, hablar y obrar como desee hacerlo. Ninguno de los A.A. puede obligar a otro a nada; ninguno puede ser expulsado o castigado. Nuestros Doce Pasos hacia el establecimiento son consejos; la Doce Tradiciones que garantizan la unión de los A.A. no contienen ni una sola “prohibición”, ¡Con frecuencia dicen “ Debemos…” pero nunca dicen “ ¡Tienes que !”
A muchos podrá parecerles que tanta libertad para el individuo solo se traduce en completa anarquía. Todo nuevo socio, todo amigo que ve a los A.A. por vez primera se sorprende mucho. Le parece que tanta libertad raya en libertinaje, pero reconoce inmediatamente que los A.A. actúan y persiguen sus fines con irresistible fortaleza. ¿Como es posible que le den preferencia al bienestar común? ¿Qué diablos es los que les mantiene unidos?
Los que observan cuidadosamente no tardan en descubrir la clave de esta extraña paradoja. Cada miembro de los A.A. tiene que ajustarse a los principios de restablecimiento. En realidad su vida depende de su obediencia a principios espirituales. Si se desvía mucho,  el castigo es rápido y seguro; se enferma y muere. Al principio sigue porque tiene que seguir, pero mas tarde descubre una manera de vivir que en realidad le agrada. Además, descubre que no puede conservar tan preciada dadiva a menos que este dispuesto a desprenderse de ella. Ni el ni ningún otro pueden sobrevivir a menos que lleven adelante el mensaje de los A.A. Pronto comprende que no es sino una pequeña parte de un gran todo.; que ningún sacrificio personal es demasiado ante  la preservación de la sociedad.  Descubre que el clamor de sus deseos y sus ambiciones internas deben silenciarse si es que han de causarle algún daño al grupo. En el momento que ese trabajo de Duodécimo Paso forme un grupo, se hace otro descubrimiento: que la mayoría de los individuos no pueden restablecerse a menos que haya un grupo. Se ve claramente que si no sobrevive el grupo,  tampoco sobrevive el individuo…”
TRADICION SEGUNDA
Para el objeto que nuestro grupo se propone solo existe una autoridad fundamental, un Dios bondadoso que se manifiesta en la conciencia de nuestro grupo. Nuestros jefes son apenas fieles servidores, que no gobiernan.
“¿De donde obtienen los A.A. su dirección?  ¿Quien los gobierna? Eso es también enigmático para todos los amigos y recién llegados. Cuando se les dice que nuestra sociedad no tiene presidente con autoridad para dirigirla ni Tesorero que pueda exigir el pago de cuotas, ni junta directiva que tenga el poder de expulsar al miembro que cometa una falta, cuando comprenden que ninguno de los A.A. puede dar una orden ni exigir obediencia, nuestros amigos se quedan abismados, y exclaman: “Eso no puede ser así. Tiene que haber algo malo en alguna parte”. Esos individuos prosaicos leen entonces en la Tradición Segunda, y ven que la única autoridad fundamental que gobierna a los A.A. es un Dios amante, y que El mismo se manifiesta en la conciencia del grupo. Con cierta incertidumbre le preguntan a un miembro experto de los A.A. si en realidad eso puede ser así. El miembro cuerdo en todo aspecto, les contesta inmediatamente,”! Si ¡, definitivamente es así”. Los amigos mascullan que tal cosa les parece algo vaga, nebulosa y más que ingenua. Luego comienzan a lanzarnos miradas especulativas, aprenden algo de la historia de los A.A. y acaban por comprender la pura verdad.
¿Cuáles son esas verdades de la vida de los A.A. que nos trajeron ese principio aparentemente impráctico?
Fulano de Tal, un buen A.A., se muda, supongamos, a Middleton, E.U.A. Sintiéndose ahora solo, reflexiona que quizá no pueda permanecer sobrio o ni siquiera vivo, a menos que le comunique a otros alcoholicos lo que a él se le dio tan desinteresadamente. Siente el apremio de algo ético y espiritual, porque ve que tiene muy cera de si a centenares que están sufriendo y a quienes puede ayudar. Además, echa de menos a su propio grupo. Necesita de otros alcoholicos, tanto como ellos lo necesitan a él. Visita predicadores, médicos, editores, policías y taberneros… y el resultado es que ahora Middleton tiene un grupo y que él es el fundador de ese grupo.
 Por ser el fundador del grupo, se vuelve, al principio, jefe del grupo. ¿Quién otro podría serlo? Si embargo, muy pronto, su asumida autoridad para dirigirlo todo comienza a ser compartida con los primeros alcoholicos a quienes ayudo. En este momento, el benigno dictador se convierte en presidente del comité que él y sus amigos han formado. Ellos son la jerarquía del grupo en su periodo de formación, jerarquía de auto elección, por supuesto,  pues no puede ser de otra manera. Al cabo de unos cuantos meses, los A.A. florecen en Middleton…”
TRADICION TERCERA
“El único requisito para ser miembro de los A.A. es querer dejar de beber”
“Esta tradición esta repleta de significado. Porque la sociedad de los A.A. le dice a todo verdadero bebedor: “Usted es miembro de la sociedad de los A.A. si usted lo dice. Usted puede declararse uno de los nuestros; nadie puede impedírselo. No importa quien sea usted, ni cuanto haya descendido, ni cuan graves sean complicaciones sentimentales (aun su crímenes) no podríamos impedirle ser uno de los A.A. No deseamos tenerlo fuera de nuestra sociedad. No tenemos ni pizca de miedo de queda hacernos el menor daño, por torcido o violento que sea usted. Solo queremos estar seguros de que tenga la misma oportunidad que nosotros tuvimos para lograr la sobriedad. De modo que, usted es un A.A. desde el momento en que declare que lo es…”



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